Cuando fui capitán del equipo argentino de Copa Davis por primera vez debutaron varios jugadores: Horacio de la Peña, con el cual tuve una relación importante en cuanto a resultados referido a estrategias de juego; Guillermo Pérez Roldán, quien vino como ‘Sparring’ contra Chile en la final sudamericana; su trabajo en los entrenamientos benefició al […]

Cuando fui capitán del equipo argentino de Copa Davis por primera vez debutaron varios jugadores: Horacio de la Peña, con el cual tuve una relación importante en cuanto a resultados referido a estrategias de juego; Guillermo Pérez Roldán, quien vino como ‘Sparring’ contra Chile en la final sudamericana; su trabajo en los entrenamientos benefició al equipo además de ir conociéndolo para futuros partidos, como sucedió cuando debutó contra los ecuatorianos tiempo después.
Otro de los jugadores fue Javier Frana, quien tuvo su oportunidad porque me pareció que era un jugador interesante en cuanto al doble. Le pedí si podía venir un mes antes de su debut contra Chile a entrenar a la Argentina, y lo hizo. Debutó con un partido excelente junto a Christián Miniussi (debutante contra Perú en el partido anterior), al perder en cinco sets contra Acuña y Gildemeister. Estoy seguro de que esto lo ayudó en su carrera. Con respecto al debut de Miniussi, resultó curioso. En el partido que jugamos en Buenos Aires contra Perú, estábamos 1-1 y el dobles iba a ser fundamental (Jaite había perdido con Arraya y De la Peña le había ganado a Yzaga). Eduardo Bengoechea -una persona que era muy amiga mía por ser del mismo club, el Tenis Club Argentino-, me comentó la noche anterior al dobles que no le tenía confianza al debut de su compañero (Miniussi) y que, en realidad, prefería jugar con Jaite. Martín, en ese momento, aún no se había adaptado a jugar en la Davis como local y además llegaba extenuado a los partidos del tercer día. Siempre es muy difícil estar 1-1 y que, quien debuta, se entere que su compañero no le tiene confianza… Le dije a Bengoechea que todo seguiría de la manera prevista, ya que habíamos entrenado el doble durante 10 días. Por fortuna, ganaron ese partido y Miniussi fue el mejor jugador de la cancha ese sábado, y se ganó un lugar en el equipo. Hay diferentes maneras de enfocar las cosas para que el tenis evolucione.

Si se cierran las puertas, se hace difícil. No hay que tener tanto miedo de perder un match que, tal vez, se pierda de cualquier forma. En Copa Davis tiene que existir un sacrificio del jugador. Por lo menos, sacrificar un torneo la semana previa. Ponerse a punto para jugar cinco sets con la presión de una Copa; una presión superior a un partido similar en Roland Garros, por ejemplo. Si tenemos un tenista del calibre de Vilas o Becker, o sea, un fuera de serie, es distinto, pues está tan preparado y es tan profesional, que puede darse el lujo de llegar el lunes y jugar el viernes a cinco sets y rendir al máximo. Pero si no tiene ese nivel, el que esté mejor preparado es el que rendirá mejor para el país. En nuestro caso, pasaba esto último: teníamos entre 6 y 8 jugadores que estaban en un mismo plano; el que se prepara mejor, rendirá mejor para el equipo. Para mí, es un orgullo tan grande representar al país que no veo tan grave resignar una semana. El reconocimiento es grande: diarios, revistas, radios; te aprecian mucho más…
Aquella filosofía de antaño es necesario volver a ponerla en práctica. Recuerdo que cuando yo tenía 18 años fui de suplente a México, al acompañar a Soriano y a Aubone; fue inolvidable ver a Pelón Osuna -que siempre fue un jugador que me fascinó- y ser parte de esa intensidad que había en la cancha.
Texto extraído del Tomo III de la tetralogía «Historia del tenis en la Argentina» escrita por Roberto Christian Anderson y Eduardo Carlos Puppo.