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Andre Agassi, uno de los mejores tenistas de la historia manifiesta en su autobiografía: “Juego al tenis para ganarme la vida, aunque odio el tenis (…)”. Es curioso, ganó tanto, luchó tan arduamente para ser el mejor del mundo de algo que simplemente detesta. Lo extraño es que no es el único.

Si el caso de Agassi fuese uno en un millón quizás podría ser visto como una anomalía, pero en el mundo del tenis, odiar al tenis parece no ser tan extraño. Uno de los más criticados por este tipo de comentarios últimamente ha sido Nick Kyrgios quien sentenció este año “Ser número 1 del mundo no me interesa. Juego al tenis solo por el dinero”. A la vista hay una diferencia muy clara, Kyrgios parece no estar interesado en llegar a lo más alto, mientras que Agassi luchó toda su vida por permanecer en la cima, y logró hacerlo durante un tiempo considerable.

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La lista no termina allí, Bernard Tomic también ha sido muy duro con el deporte que eligió “No jueguen al tenis. Hagan cualquier cosa que amen porque esto es muy pesado. Es una vida dura, dura, dura”. He aquí una de las claves, la vida del tenista es sin dudas muy dura. Solitaria como pocas, en constante movimiento por el mundo, acompañado por pocos, aunque aclamados por muchos. Parece que la fama y el dinero no son suficientes para algunos tenistas, y que el sacrificio no valdría la pena.

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Kyrgios, Agassi, Tomic, sin dudas tienen algo en común: nacieron con un talento extraordinario. Alguien vio en ellos, cuando apenas eran unos niños, que podrían hacer grandes cosas en este deporte, que se podrían ganar la vida jugando al tenis, y no se equivocaron, pero sin dudas son tres tenistas que pensaron demasiadas veces en colgar la raqueta.

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